opinión

El desfase de la mirada: Entre el país del bostezo y el país que ya arrancó

Francisco López Domínguez 20/09/2026
El desfase de la mirada: Entre el país del bostezo y el país que ya arrancó

Reviso de forma rutinaria los grupos de WhatsApp y converso con amigos de diversos sectores, y me encuentro constantemente con una narrativa repetitiva y pesada: «Nada avanza, todo está parado, aquí no hay nada que hacer hasta que haya elecciones». Es una especie de bostezo colectivo, una parálisis del pensamiento. Sin embargo, basta con salir a la calle, recorrer las zonas productivas o hablar con el comerciante local para observar una realidad completamente distinta: personas reabriendo negocios, sectores recalculando sus modelos de operación y alianzas que se gestan en la práctica diaria.

Nos encontramos ante un evidente desfase de la mirada. Una parte importante de la sociedad insiste en analizar la Venezuela actual utilizando los anteojos conceptuales de por ejemplo 1998, 2002 o 2016, esperando eventos extraordinarios o colapsos definitivos para tomar decisiones. Mientras tanto, el país real —el pragmático, el que no tiene tiempo para nostalgias ni para la retórica abstracta— ya arrancó de manera intuitiva.

Esta percepción de parálisis se profundiza por la ausencia de información clara y verificable. Hoy no contamos con métricas públicas consolidadas que reflejen con precisión el volumen de aperturas comerciales, la dinámica del consumo real o el flujo de retorno de quienes han decidido reinsertarse en la actividad económica nacional. El ciudadano y el inversionista no necesitan discursos sobre la «transición económica»; lo que requieren son datos creíbles que generen certezas. La confianza no se decreta mediante consignas; se fundamenta en evidencias y certidumbres que le permitan a la sociedad validar lo que ya empieza a percibir en los hechos.

Al ciudadano común no le interesan las disputas de egos ni las agendas desconectadas de la realidad. Sus exigencias prioritarias son concretas y urgentes: la estabilización definitiva de los servicios públicos —luz, agua, conectividad— y el surgimiento de nuevas caras en las direcciones de las organizaciones políticas, con capacidad técnica y visión de futuro. El resto del debate partidista tradicional ha quedado relegado a un terreno autoreferencial que aporta muy poco a la solución de las necesidades cotidianas.

Ante este panorama, un evento trágico como el terremoto en Venezuela demostró cómo la adversidad es capaz de hacer aflorar de inmediato la solidaridad más genuina entre los ciudadanos. Pero la pregunta fundamental que debemos hacernos hoy es: ¿necesitamos acaso una tragedia para que se active el patriotismo y la voluntad de unirnos? La respuesta debe ser un no rotundo. El catalizador del desarrollo no puede ser la emergencia, sino el propósito compartido de progreso.

El verdadero patriotismo en esta etapa no consiste en discursos grandilocuentes, sino en la decisión pragmática de asociarse. La asociatividad no es un concepto teórico para debatir indefinidamente en foros; es un método que se promueve, se diseña y se implementa con rigor técnico.

Hoy en día, muchos ya se están asociando de forma intuitiva para sostener sus iniciativas. Sin embargo, para escalar esa energía individual hacia un impacto transformador, se requiere arquitectura institucional. Esa es la esencia tras modelos como KUMANI: articular sectores clave —como el ganadero, la distribución, el financiero y el inmobiliario— bajo un esquema integrador de beneficio mutuo, donde la eficiencia y la rentabilidad privada se traduzcan directamente en estabilidad y bienestar para la comunidad.

Como señalaba Alexis de Tocqueville: «Cuando el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad». Es momento de encender las luces del presente, dejar de analizar el entorno con categorías del pasado y asumir que la construcción del futuro depende exclusivamente de nuestra capacidad para organizarnos, cooperar y ejecutar.

Podemos porque hacemos.