Cuenta la historia que cuando Nehemías llegó a Jerusalén tras el exilio, no encontró un plan de obras ni una dirigencia dispuesta a resolver el desastre. Encontró ruinas y una población paralizada por el desánimo, esperando que una solución milagrosa viniera a restaurar lo que el tiempo y las crisis habían destruido.
Nehemías no dio discursos rimbombantes. Hizo lo que todo líder pragmático debe hacer: evaluó el terreno, midió los daños y diseñó un método operativo. Entendió que las estructuras no se levantan esperando que otros hagan el trabajo.
La clave de la reconstrucción fue una decisión de una simplicidad brillante: cada familia, cada gremio y cada sector se hizo responsable de levantar el tramo de muralla que tenía justo frente a su propia casa.
El ganadero no fue a construir el portón principal; levantó su metro cuadrado. El comerciante aseguró su esquina. El agricultor amuralló su lindero. Ninguno tenía la capacidad de reconstruir la ciudad por sí solo, pero la suma coordinada de esos esfuerzos sectoriales cerró las brechas de toda la ciudad. Al mismo tiempo, los constructores trabajaban con una mano en la mezcla y la otra sosteniendo sus herramientas de resguardo: producir y proteger el avance al mismo tiempo.
Como advertía el filósofo español José Ortega y Gasset, «una nación no se forma por la simple convivencia de vecinos, sino por el esfuerzo conjunto para llevar a cabo un gran proyecto». La cohesión real no nace de la cercanía geográfica ni de los lemas, sino de la acción compartida hacia un propósito común.
El espejo venezolano
Al mirar a la Venezuela de hoy, el paralelismo es inevitable. Llevamos años atrapados en la ilusión del movimiento: discusiones de cúpula que generan ruido pero pocos resultados tangibles, y la eterna expectativa de una solución que baje desde las alturas.
Pero la sociedad productiva viaja a otra velocidad. La gente y las empresas entendieron que el costo de no hacer nada ya superó al costo de equivocarse.
Hoy, la verdadera recuperación del país ocurre en la articulación pragmática del sector productivo: cuando el ganadero sostiene la producción de alimentos; cuando el comerciante busca vías de distribución eficientes; cuando el sector financiero se conecta con el bien tangible (están en eso); cuando la educación se orienta al trabajo real.
El error ha sido pretender que un solo actor resuelva el dilema nacional. La lección de Nehemías y de la historia es que el desarrollo no es obra de un mesías, sino de un modelo asociativo y coordinado.
Unir los tramos para construir certidumbre
De nada sirve que un sector levante un segmento de muralla impecable si el de al lado deja el suyo abierto. Cuando los sectores operan como islas aisladas, el esfuerzo se diluye.
Venezuela no necesita más diagnósticos de micrófono. Necesita que cada sector asuma con rigor el tramo de muralla que le corresponde, bajo una visión común de integración. Trabajar con una mano en la ejecución diaria y con la otra protegiendo la viabilidad de sus proyectos.
La certeza del futuro no se predice; se construye metro a metro, con pragmatismo y resultados compartidos. Es hora de dejar de mirar al horizonte e iniciar la tarea en el frente que nos toca.
Podemos porque hacemos