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La paradoja del movimiento: Por qué la economía se mueve, pero Venezuela no arranca

Francisco López Domínguez 14/06/2026
La paradoja del movimiento: Por qué la economía se mueve, pero Venezuela no arranca

El debate sobre Venezuela está entrampado entre dos extremos que no se cansan de equivocarse. Por un lado, están los que ven tres restaurantes llenos y decretan un renacimiento económico; por el otro, los que se aferran al colapso de los servicios para insistir en que aquí no ha cambiado nada. Ambos cometen el mismo error: analizan el país con la vara del pasado, sin entender que las reglas del juego cambiaron por completo.

La realidad es más incómoda. Es obvio que la dinámica política viró hacia un pragmatismo obligado y que la microeconomía se mueve como hace años parecía imposible, pero eso no significa que el país esté despegando realmente. Ahí radica la confusión y la enorme brecha que se está abriendo entre la gente.

El problema de fondo es confundir velocidad con aceleración. Lo que tenemos hoy es una economía de comercio y consumo. La gente compra, vende, importa y resuelve. Hay velocidad en el intercambio de dinero, pero no hay aceleración estructural porque faltan los tres motores de cualquier economía moderna: crédito bancario masivo, seguridad jurídica institucional y servicios públicos confiables. Sin esos pilares, el esfuerzo del empresario y del ciudadano gira sobre sí mismo; es dinero circulando en los mismos circuitos cerrados. Por eso la sensación general es la de correr en una caminadora estática: haces un esfuerzo descomunal, sudas, gastas recursos, pero sigues en el mismo sitio.

Gran parte de la negación y del estancamiento proviene también de la nostalgia. Hay dirigencias y cúpulas gremiales tradicionales que siguen sentadas esperando que el país vuelva a parecerse a la Venezuela de hace veinte años. Añoran soluciones mágicas que vengan de arriba, un acuerdo político o el retorno de un modelo rentista que ya está muerto. Al aferrarse a un mapa que ya no existe, son incapaces de entender las reglas de este nuevo ecosistema, que no es un bache temporal sino un terreno de juego completamente distinto. Negar el cambio se volvió la excusa perfecta para justificar la inacción.

Aquí es donde se genera la fractura real entre los ciudadanos. La diferencia abismal entre quienes avanzan y quienes se hunden no es un tema de suerte o de quién tiene más efectivo en la caja; es un problema de estructura. El modelo mercantil tradicional, basado en el esfuerzo individual y aislado, se agotó. Quienes prosperan hoy son nichos específicos que supieron integrar sus propias cadenas de valor por su cuenta. El resto trabaja a la intemperie, asfixiado por los costos y la falta de escala. Mientras el país continúe atomizado, la riqueza se quedará concentrada en burbujas y el grueso de los sectores productivos seguirá estancado.

El entorno ya dio lo que podía dar bajo las condiciones actuales. El país no va a arrancar en su totalidad por inercia económica ni por decreto político. El verdadero avance comenzará cuando entendamos que la solución no vendrá de afuera ni de las viejas cúpulas, sino de nuestra capacidad para reorganizarnos desde abajo. El secreto ya no es competir aislados, sino construir modelos asociativos robustos que integren de verdad la producción con la distribución, el conocimiento con el financiamiento, y que democraticen el acceso a las oportunidades. Dejemos de discutir si el país mejoró o empeoró; la única pregunta que vale la pena responder es qué estructura estamos levantando hoy para que el movimiento del presente se transforme en el bienestar del mañana.