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Producir la certidumbre: la transición que exige la Venezuela silenciosa

Francisco López Domínguez 29/09/2026
Producir la certidumbre: la transición que exige la Venezuela silenciosa

En los pasillos de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York se negocian agendas energéticas y diplomáticas. Mientras tanto, en las pantallas la  política venezolana parece petrificada en la misma encrucijada de siempre: un sector sostiene que sin la irrupción directa de sus liderazgos no existe cambio viable, mientras el otro teme que cualquier apertura termine en persecución, pérdida de garantías o revueltas.
Sin embargo, cuando uno sale de la dinámica del micrófono y recorre la geografía productiva del país —como acabamos de hacerlo en los llanos de Apure junto a FEDENAGA y el equipo de trabajo de KUMANI— la realidad que se respira es completamente distinta. Existe un actor decisivo que no hace ruido: la gran mayoría de la sociedad civil venezolana. Esta mayoría no está esperando revanchas ni discursos inflamados, lo que exige con urgencia es certidumbre, orden, disciplina, trabajo y bienestar cotidiano. Quieren la tranquilidad de saber que el esfuerzo de mañana generará la estabilidad de sus familias.
Decía Alexis de Tocqueville que los pueblos prosperan no por la fuerza de sus gobiernos, sino por la vitalidad de sus asociaciones civiles y su capacidad de actuar unidas. El verdadero desafío de Venezuela no es dilucidar quién aplasta a quién, sino diseñar una transición en paz donde quepamos todos. Ninguna transición en la historia reciente ha tenido éxito si se plantea como un juego de suma cero. Para avanzar con firmeza en el siglo XXI necesitamos consolidar tres certezas indispensables: otorgar garantías a la oposición, con la seguridad institucional de que el trabajo  político paciente, técnico y pacífico conduce a la apertura de espacios de representación real, sin cierres ni arbitrariedades; ofrecer garantías al sector saliente, con la certeza de que el traspaso de responsabilidades no derivará en una cacería de brujas, sino en justicia real, apego al debido proceso y paz institucional, recordando que la venganza jamás ha edificado una república duradera; y asegurar garantías a la ciudadanía, mediante la confirmación de que la transición no significará más caos ni improvisación, sino tiempo, orden y reglas claras para trabajar y progresar.
El economista Albert Hirschman, un agudo observador de las transformaciones sociales en América Latina, advertía que los cambios verdaderos no ocurren por cataclismos repentinos, sino por "posibilismo": la capacidad de articular reformas graduales, pragmáticas y sostenibles a través de acuerdos de gobernabilidad. La transición venezolana ya no es una hipótesis de salón; se está construyendo desde las bases productivas.
Cuando el productor ganadero en Apure se alía con la cadena de distribución y el sector comercial bajo el modelo asociativo de KUMANI, la discusión ideológica desaparece. Lo que queda en la mesa es eficiencia, abastecimiento, financiamiento y prosperidad compartida. Es la sociedad civil organizada demostrando que el trabajo coordinado supera a la confrontación.
Para evaluar la viabilidad de esta ruta no requerimos promesas discursivas, sino cuatro métricas operativas fundamentales: medir el abastecimiento con producción nacional para saber cuánta de la comida que consumimos se produce y transforma eficientemente en suelo venezolano; vigilar la estabilidad del empleo y la moneda como la capacidad del ciudadano común de planificar su presupuesto familiar sin sobresaltos; consolidar la seguridad jurídica y la inversión a través del flujo de capitales que apuestan a proyectos tangibles porque encuentran reglas de juego previsibles; y afianzar el fortalecimiento institucional como el indicador real del Estado de Derecho, donde las reglas se aplican a todos por igual.
Es momento de recordarle a todo el espectro político que Venezuela se encuentra en una ruta de transformación irreversible. Pero la transición del siglo XXI no será producto de la confrontación ni del sobresalto; será el resultado directo del tiempo, el orden, la disciplina y el trabajo en conjunto. La mayoría silenciosa ya decidió su destino: construir un país en paz donde el bienestar sea la consecuencia natural de hacer las cosas bien.

Podemos porque hacemos.