opinión

El acuerdo no te va a salvar (pero tu trabajo sí)

Francisco López Domínguez 08/09/2026
El acuerdo no te va a salvar (pero tu trabajo sí)

En los últimos días, los titulares nacionales e internacionales se han inundado con las discusiones sobre el reciente acuerdo energético y económico suscrito entre Estados Unidos y Venezuela. Como era de esperarse, las voces de la política tradicional no tardaron en reaccionar. De un lado, sectores que en su momento defendieron el modelo estatista rechazan el entendimiento catalogándolo de imposición; del otro, un segmento de la oposición también expresa un profundo desacuerdo por considerarlo insuficiente o fuera de sus premisas teóricas.

Mientras cúpulas de un extremo y otro se enredan en debates ideológicos y pugnas sobre quién firma o cómo se decide, la enorme mayoría de los venezolanos mira el escenario desde una perspectiva muy distinta. La gente en la calle no quiere saber de nombres en el poder ni de disputas burocráticas; tras años de sobrellevar decisiones fallidas, lo que la ciudadanía demanda es una sola cosa: mejora real en su calidad de vida.

Hoy estamos presenciando esa transformación, pero es fundamental mantener la cabeza fría. Las expectativas de algunos sectores se han disparado hacia un horizonte inmediato e irreal. Por eso debemos ser tajantes al transmitir una verdad económica insoslayable: esto es un proceso, no un resultado. Estamos viviendo una transición económica que avanza a un ritmo mucho más acelerado que la política. La economía se mueve por necesidades reales y de mercado, mientras la política suele quedarse atascada en el dogma.

Para valorar el tramo que hemos recorrido, basta con mirar un instante por el espejo retrovisor. Hace una década, entre 2015 y 2016, este país atravesó la noche más oscura de su historia reciente. Enfrentábamos una hiperinflación destructiva y una escasez abrumadora donde conseguir un litro de leche, un kilo de harina o un medicamento básico requería hacer colas kilométricas o depender de la zozobra diaria. El ingreso real era una quimera y, angustiados por la falta de futuro, millones de compatriotas se vieron forzados a cruzar la frontera.

Hoy, en septiembre de 2026, la realidad cotidiana exhibe matices muy distintos. Los anaqueles están abastecidos, la actividad comercial se palpa en las calles, y vemos a ciudadanos adquiriendo motos, carros o planificando la conquista de una vivienda y la aspiración de un sueldo más que digno, un verdadero salario productivo. Es verdad: hoy existe un mayor flujo de ingresos, pero la inflación y el alto costo de la vida también sigue representando un fuerte desafío. El ajuste es complejo y exige esfuerzo, pero la diferencia de fondo es gigantesca: hemos pasado de la paralización y el desabastecimiento a la dinámica del trabajo y la posibilidad real de progresar.

Al venezolano nadie le regala nada. Todo lo construido en este tiempo ha sido mérito directo del ciudadano de a pie, del comerciante, del ganadero, del emprendedor, del profesional y del trabajador. Sin discursos vacíos ni grandes arengas ideológicas, el venezolano asumió su propio destino. De la misma forma en que el pasado 25 de junio la gente reaccionó de manera espontánea ante la coyuntura, día a día salimos masivamente a trabajar con una convicción silenciosa pero indestructible: levantar este país con nuestras propias manos.

Es hora de poner nombres y apellidos sobre la mesa, de celebrar con orgullo los ejemplos de aquellos que, a fuerza de rigor y constancia, se están superando. Pasamos de ser un país aislado, marginado del mapa global, a ser nuevamente un territorio donde el capital y el talento internacional vuelven a contemplar oportunidades reales de inversión y retorno.

Como señalaba Séneca: "No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos". Venezuela ya dio el paso más duro: se atrevió a ponerse de pie en medio de las ruinas.

Hoy el venezolano empieza a esbozar una sonrisa diferente. Se siente útil, se sabe necesario y comprende que el futuro depende de su capacidad asociativa y productiva. Estamos, otra vez, en la línea de meta para dejarle a nuestros hijos un país infinitamente mejor del que recibimos; una meta que hasta hace muy poco parecía un sueño inalcanzable que incluso llegamos a cuestionar.

No nos detengamos en la diatriba ni en las falsas promesas de soluciones mágicas. Celebrar que nuestro propio esfuerzo nos ha traído hasta aquí es el mayor impulso para continuar. Si mantenemos la disciplina, la unión y el trabajo enfocado, llegaremos exactamente adonde nos propongamos llegar.
 

Podemos porque hacemos