opinión

La Paradoja de Coro: Cuando el oro flota sobre la mesa vacía

Francisco López Domínguez 11/10/2026
La Paradoja de Coro: Cuando el oro flota sobre la mesa vacía

Hay tardes en Caracas en que el aire se vuelve denso y adquiere el olor férreo de las viejas  historias. En estos últimos días de septiembre, mientras en los salones de los grandes hoteles y en las terrazas de los clubes de la ciudad los hombres de negocios cierran tratos sobre barriles, licencias petroleras y flujos de capital proyectados al 2030, un extraño deja vu parece recorrer el valle.

Me dio por desempolvar un viejo  libro de las Crónicas de Indias. Año de 1529: a la provincia de Venezuela llega Ambrosio Alfinger con una capitulación firmada por Carlos V. Los banquetes en Coro eran legendarios; se importaban vinos de Andalucía, sedas de Brujas y vajillas de plata. En los  libros contables de la Casa Welser, la provincia anotaba rendimientos extraordinarios, los balances de extracción arrojaban cifras récord y las licencias de comercio se multiplicaban.

Sin embargo, a tres cuadras de la plaza mayor, la realidad era implacable: los pobladores no tenían harina, el ganado se moría por falta de agua y la moneda local carecía de valor, porque todo el oro extraído tenía un único destino: cruzar el Atlántico para pagar las deudas de la Corona.

Era una prosperidad ficticia. Un país rico en los libros, pero pobre en el plato. Casi cinco siglos después, el fantasma de la "Paradoja de Coro" ha vuelto a instalarse entre nosotros.

Las noticias del presente mes despliegan titulares deslumbrantes: récord en la demanda energética, llegada masiva de delegaciones internacionales, palos de golf agotados, cifras macroeconómicas que celebran un rebote del producto interno y la firma de acuerdos bajo el amparo de nuevas licencias globales. La narrativa corporativa dibuja un mapa donde el maná del subsuelo vuelve a brotar con fuerza.

Y, sin embargo, el comerciante de la esquina, el productor agropecuario de Apure o el profesional que camina por la calle sienten que habitan una realidad paralela. ¿Cómo es posible que en el país de las cifras millonarias la mejora no termine de tocar la mesa de la familia media ni la caja chica de la pequeña empresa?

La respuesta no es mística, es de arquitectura sistémica.

El modelo extractivo —sea el del oro del siglo XVI o el del petróleo del XXI— tiene una propiedad casi ilusoria: genera capital concentrado, no tejido social distribuido. El dinero que entra a través de una tubería financiera o de un gran acuerdo trasnacional no irriga la economía real por simple gravedad; se queda flotando en las capas altas del sistema si no existen los canales intermedios que lo encaucen hacia la producción tangible.

Si algo nos enseña la historia de los Welser es que ninguna economía sobrevive siendo una mera plataforma de extracción y peaje. La ilusión de la abundancia sin articulación productiva es la antesala de la frustración colectiva.

No basta con celebrar la llegada de buques petroleros ni el ajuste favorable de los indicadores internacionales. La verdadera pregunta no es cuánto dinero va a entrar al país por la tubería del crudo, sino qué porcentaje de esa riqueza se convertirá en capital productivo, en activos reales, en créditos a la producción y en empresas asociativas capaces de generar bienestar duradero.

Esperar que la mejora "chorree" espontáneamente desde las cúpulas financieras hacia la calle es un acto de fe que la historia venezolana ha refutado una y otra vez. Si el empresariado, el agro, la construcción y los servicios no se organizan en red para capturar y democratizar el valor de este nuevo ciclo, volveremos a ser espectadores de un banquete al que solo asistimos como sirvientes o cronistas.

No estamos ante el fin de nuestras dificultades, sino ante una encrucijada peligrosa: la de resignarnos a vivir en una escenografía de prosperidad o la de asumir el rol de arquitectos de un ecosistema real, integrado y duradero.

Es hora de despertar del hechizo de la abundancia fáctica y empezar a construir la  economía de la economía real. Antes de que, como en 1556, la historia revoque la capitulación y nos descubramos tan pobres como el primer día, habiendo tenido todo el oro del mundo entre las manos.